lunes, 8 de junio de 2009

La crisis en Japón y sus consecuencias

Parece que no pintan bien las cosas en ningún lado. La crisis afecta a todo el mundo y Japón no se iba a librar de ello. Desde que allí estallase la burbuja inmobiliaria, parecía que salían que no salían, que volvían a entrar. Total, que como este país vive de lo que vive, exportaciones, les están dando por todos lados. Solo hay que ver las cifras, se habla de que el 15,2% es la velocidad anual a la que se contrae la economía japonesa. El primer trimestre del año cerró con una caída del 4%, la cuarta consecutiva.

3,55 millones de parados a 31 de mayo de 2009, lo que supone apenas un 5% de la población activa.

70,1% han caído las exportaciones en el último año.

3.000 euros es lo que ofrece el Gobierno a cada uno de los 366.000 inmigrantes brasileños y peruanos, que llegaron a Japón en los 90 impulsados por la falta de mano de obra, para que regresen para siempre a su país, además de otros 2.000 por cada miembro de su familia.

16.700 millones de dólares son las pérdidas al cierre del año fiscal de las principales marcas de tecnología niponas: Hitachi, Toshiba, Sony, Nec, Oki, Sanyo y Panasonic..

2010: Nissan y Toyota, líderes del sector automovilístico anuncian ya pérdidas y despidos para el próximo año. También Japan Airlines, que dejará en la calle a 1.200 trabajadores tras perder 450 millones de euros.

Con todo esto y sabiendo el alto indice de suicidios que hay en este país, cabía esperar una nueva ola de suicidios para este año.
Y las cifras hablan por sí solas:
Un parado muerto cada 15 minutos El aumento drástico del número de suicidios obliga al Gobierno a aprobar un plan de choque para apoyar a los desempleados.
Los empleados más disciplinados del mundo se están resistiendo a inscribir su nombre en las listas del paro. Japón recoge atónito estos días las vísceras del gran secreto de su sistema productivo de entre las vías de un shinkansen (tren bala) o precipitadas a los pies de un bloque de viviendas a las afueras de Nagoya.

El profesor Yoshitomo Takahashi se ha visto forzado a trabajar de sol naciente a sol naciente con gráficas de desempleo y del índice Nikkei desde su despacho en el Comité para la Prevención de Suicidios del Gobierno japonés. Desde allí ha sido informado durante los últimos cuatro trimestres de la consecutiva contracción del Producto Interior Bruto. El último dato de 2009 marca una bajada del 4%, el doble que en Estados Unidos.

Las monstruosas pantallas luminosas del distrito financiero de Shinjuku, en la capital del país, se han convertido en un Godzilla de cifras que a menudo no duda en mutilar un rascacielos de oficinas de un simple coletazo de neón, vomitando a miles de trabajadores de ojos rasgados a la calle.

Sobre la mesa del despacho de Takahashi un dossier detalla que entre los meses de marzo y mayo la Agencia Nacional de Policía retiró cada 15 minutos la soga al cadáver de un trabajador en las entrañas de un bosque nipón o cerró el gas aderezado de muerte de un apartamento en Osaka.

De los 32.249 japoneses que se inmolaron el pasado año, un 60% había perdido su empleo. El Gobierno del primer ministro Taro Aso anunció a finales de abril una partida de casi 100 millones de euros para desarrollar durante los próximos tres años una campaña sin precedentes en el mundo civilizado destinada a intentar disuadir a sus ciudadanos de quitarse la vida.

Mensajes con «la vida es importante» o «ayúdenos a reducir los suicidios» inundan el metro de Tokio acompañados de direcciones y números de teléfono con psiquiatras recetando barbitúricos como si fueran caramelos de té verde.

Las policías locales de las principales islas del país han diseñado una red de comunicación con voluntarios que se dedican a observar de forma desinteresada el comportamiento de sus vecinos.

El haraquiri político de su ex ministro de Finanzas, Shoichi Nakagawa, tras aparecer borracho en su rueda de prensa tras la cumbre del G-8 del pasado mes de febrero, no colaboró en absoluto con la campaña. Tampoco el último mensaje televisado de su sucesor, Karou Yosano: «La previsión es que la situación económica siga siendo grave».

Las dos religiones practicadas simultáneamente por los nipones tampoco salen en auxilio de Taro Aso. Monjes budistas y sintoístas carecen de doctrina para estos menesteres y mantienen una posición zen, dando la calva a una resolución dignificadora desde tiempos de los samuráis. La crisis, además, les permite seguir haciendo caja bendiciendo amuletos de trapo azulado a 300 yenes (menos de dos euros) para lograr «el éxito en los negocios», o con paquetes de varillas de incienso para honrar a los finados.

El Gobierno japonés ha reconocido que uno de sus mayores errores fue pensar que la crisis no les afectaría. Las autoridades japonesas se encomendaron a la fortaleza de sus bancos y a la inexistencia de una burbuja inmobiliaria (el precio de la vivienda lleva 18 años bajando).

Sin embargo, la desmesurada dependencia en sus exportaciones les ha dejado sin nada que llevarse a los palillos. La última cifra marca una precipitación de 70,1% en el último año. La fortaleza del yen y la pandemia económica de sus compradores han expulsado la clientela de la tienda más grande del mundo.

Lo peor para sus trabajadores es que el Gobierno ya agotó en la crisis petrolera de los 90 la opción de fomentar el empleo público incluso construyendo absurdas filigranas arquitectónicas como puentes capaces de comunicar islas a las que nadie quiere ir. Es por ello que todas sus medidas pasan ahora por redoblar la vigilancia policial en lo alto de los rascacielos y en bosques como Aokiganhara, rebautizado bosque de los suicidas.

Empresas privadas también se han visto obligadas a invertir en mantener a sus clientes con vida. Ferrocarriles Keihin Electric Express ha logrado reducir de forma milagrosa la macabra recolección de cadáveres en sus vías instalando luces azules en los andenes.

Estaciones de los metros de Tokio, Kioto y Osaka cuentan con acristalamientos que impiden a los viajeros acercarse a los andenes hasta que el convoy esté parado. Sin embargo, el calvario al que se somete a las familias de los suicidas, demandados por las compañías ferroviaria para indemnizar a sus clientes por los retrasos, hace que tan sólo en torno a un 4,5% se decante por esta opción.

Yasuyuki Shimizu, presidente de Livelink, empresa que ha hecho caja abortando inmolaciones, cree que el problema radica en que «los japoneses que pierden su empleo se sienten obligados a suicidarse».

La perturbación de los asalariados japoneses resulta irrisoria en un país tan acostumbrado al paro como España. Tan sólo el 5% de su población activa estaba sin trabajo el 31 de mayo, casi cuatro veces menos que España. La escasez de prestaciones sociales y la excesiva dependencia en la empresa privada, que muchas veces facilita la vivienda al trabajador, hace que sea insostenible para el Estado japonés mantener sus actuales 3,55 millones de desempleados. Su estructura financiera no fue programada para invertir en ciudadanos que no trabajen.

El Comité de Prevención de Suicidios del Gobierno culpa de la situación a la política educativa «basada en un sistema de evaluación por méritos» que se traslada al mundo laboral. Es por ello que confían en reducir las muertes «a largo plazo», insertando en los libros de texto contenidos disuasorios subliminales.

Mientras tanto, el profesor Takahashi seguirá leyendo en su despacho del Comité informaciones como la del pasado 22 de mayo, que incluso calificó de «positiva»: «La Policía ha logrado abortar el suicidio de 18 individuos que se encerraron en una habitación de hotel en Sapporo y se gasearon».

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